martes, 5 de abril de 2016

Sabias que???

Jesús nos ofrece algo mas que la copa del mundo...


Rusia 2018...Nos espera....con Cristo




CULTURA DEL ENCUENTRO………….

Hace ya dos años, que el mundo se paralizaba alrededor de uno de los eventos más llamativos y que más logran reunir personas en el mundo.
La copa mundial de la FIFA 2014, en la que una cantidad considerable de selecciones, cuatro años atrás habían luchado en sus respectivos continentes por alcanzar un cupón que les permitiera estar en este torneo orbital.
Brasil y sus ciudades se convirtieron alrededor de un mes en la capital del mundo, todos los ojos puestos allí para ver el desempeño futbolístico de las diversas selecciones, cientos de jugadores sus familias amigos, y las hinchadas más fieles estuvieron allí.

El papa Francisco un hombre que gusta del futbol aprovecho para motivar a quienes asistieron  allí, a vivir la cultura del encuentro, y vaya encuentros y choques de culturas los que allí se dieron. Es una oportunidad que brinda el futbol para que también se vivan los valores de la hermandad y la fraternidad, mas allá de unos colores esta la dignidad del hombre, más aun es la oportunidad para mostrar a Jesus que quiere que vivamos en el amor a quienes viajan a reunirse alrededor de un partido, para nosotros los cristianos debe ser una oportunidad, para llevar a cabo la cultura del encuentro, pero sin duda lo más importante para buscar llevar a Jesus a todos los que se mueven por la emoción del grito Gooooool , y que nosotros queremos que sea la emoción de conocer a Jesus que es mucho más grande y verdadero….¿Te animas a hacerlo en Rusia 2018?.

Mundial de Futbol

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON MOTIVO DEL MUNDIAL DE FÚTBOL 2014 EN BRASIL
Queridos amigos:
Con gran alegría me dirijo a todos vosotros, amantes del fútbol, con ocasión de la apertura de la Copa del mundo de 2014 en Brasil. Deseo enviar un cordial saludo a los organizadores y a los participantes; a cada deportista y a cada aficionado, así como también a todos los espectadores que, en los estadios o por televisión, radio e internet, siguen este acontecimiento que supera las fronteras de lengua, cultura y nación.
Mi esperanza es que, además de ser una fiesta deportiva, esta Copa del mundo se convierta también en una fiesta de solidaridad entre los pueblos. Esto presupone, sin embargo, que los encuentros de fútbol se consideren por lo que son en el fondo: un juego y al mismo tiempo una ocasión de diálogo, comprensión y enriquecimiento humano recíproco. El deporte no es sólo una forma de entretenimiento, sino también —y diría sobre todo— un instrumento para comunicar valores que promueven el bien de la persona humana y contribuyen a la construcción de una sociedad más pacífica y fraterna. Pensemos en la lealtad, la perseverancia, la amistad, el compartir, la solidaridad. De hecho, son muchos los valores y las actitudes que promueve el fútbol y que se revelan importantes no sólo en el campo de juego, sino en todos los ámbitos de la existencia, y en concreto en la construcción de la paz. El deporte es escuela de paz, nos enseña a construir la paz.
En este sentido, quisiera destacar tres lecciones de la práctica deportiva, tres actitudes fundamentales para la causa de la paz: la necesidad de «entrenarse», el «fair play» y el respeto entre adversarios. En primer lugar el deporte nos enseña que, para ganar, es necesario entrenarse. En esta práctica deportiva podemos ver una metáfora de nuestra vida. En la vida es necesario luchar, «entrenarse», esforzarse para obtener resultados importantes. El espíritu deportivo se convierte así en una imagen de los sacrificios necesarios para crecer en las virtudes que forman el carácter de una persona. Si, para que una persona mejore, es necesario un «entrenamiento» grande y constante, cuánto mayor esfuerzo se necesitará para lograr el encuentro y la paz entre las personas y entre los pueblos «mejorados». Es necesario «entrenarse» mucho....

El fútbol puede y debe ser una escuela para la construcción de una «cultura del encuentro», que permita la paz y la armonía entre los pueblos. Y aquí viene en nuestra ayuda una segunda lección de la práctica deportiva: aprendamos lo que el «fair play» del fútbol puede enseñarnos. En el juego de equipo es necesario pensar en primer lugar en el bien del grupo, y no en sí mismos. Para ganar, es necesario superar el individualismo, el egoísmo, todas las formas de racismo, intolerancia e instrumentalización de la persona humana. No es sólo en el fútbol que ser «individualista» constituye un obstáculo para el buen resultado del equipo; porque, cuando en la vida somos «individualistas», ignorando a las personas que nos rodean, se daña a toda la sociedad.

La última lección del deporte proficua para la paz es el respeto debido entre adversarios. El secreto de la victoria, en el campo de juego, pero también en la vida, está en saber respetar a mi compañero de equipo, pero también a mi adversario. Nadie gana solo, ni en el campo de juego ni en la vida. Que nadie se aísle y se sienta excluido. ¡Atención! No a la segregación, no al racismo. Y, si es verdad que, al término de este Mundial, una sola selección nacional podrá elevar la copa como ganadora, es verdad también que aprendiendo las lecciones que el deporte nos enseña, todos saldremos de él ganadores, reforzando los vínculos que nos unen.


Queridos amigos, agradezco la oportunidad que se me ha dado de dirigiros estas palabras en este momento —de modo particular a la presidenta de Brasil, la señora Dilma Rousseff, a quien saludo— y prometo rezar a fin de que no falten las bendiciones celestiales para todos. Que esta Copa del mundo se pueda realizar con toda serenidad y tranquilidad, siempre en el respeto mutuo, en la solidaridad y en la fraternidad entre hombres y mujeres que se reconocen miembros de una única familia. ¡Gracias!

Un papa futbolero............


Jesus nuestra motivacion...

¿QUÉ NOS DICE EL PAPA?

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON MOTIVO DEL MUNDIAL DE FÚTBOL 2014 EN BRASIL
Queridos amigos:
Con gran alegría me dirijo a todos vosotros, amantes del fútbol, con ocasión de la apertura de la Copa del mundo de 2014 en Brasil. Deseo enviar un cordial saludo a los organizadores y a los participantes; a cada deportista y a cada aficionado, así como también a todos los espectadores que, en los estadios o por televisión, radio e internet, siguen este acontecimiento que supera las fronteras de lengua, cultura y nación.
Mi esperanza es que, además de ser una fiesta deportiva, esta Copa del mundo se convierta también en una fiesta de solidaridad entre los pueblos. Esto presupone, sin embargo, que los encuentros de fútbol se consideren por lo que son en el fondo: un juego y al mismo tiempo una ocasión de diálogo, comprensión y enriquecimiento humano recíproco. El deporte no es sólo una forma de entretenimiento, sino también —y diría sobre todo— un instrumento para comunicar valores que promueven el bien de la persona humana y contribuyen a la construcción de una sociedad más pacífica y fraterna. Pensemos en la lealtad, la perseverancia, la amistad, el compartir, la solidaridad. De hecho, son muchos los valores y las actitudes que promueve el fútbol y que se revelan importantes no sólo en el campo de juego, sino en todos los ámbitos de la existencia, y en concreto en la construcción de la paz. El deporte es escuela de paz, nos enseña a construir la paz.
En este sentido, quisiera destacar tres lecciones de la práctica deportiva, tres actitudes fundamentales para la causa de la paz: la necesidad de «entrenarse», el «fair play» y el respeto entre adversarios. En primer lugar el deporte nos enseña que, para ganar, es necesario entrenarse. En esta práctica deportiva podemos ver una metáfora de nuestra vida. En la vida es necesario luchar, «entrenarse», esforzarse para obtener resultados importantes. El espíritu deportivo se convierte así en una imagen de los sacrificios necesarios para crecer en las virtudes que forman el carácter de una persona. Si, para que una persona mejore, es necesario un «entrenamiento» grande y constante, cuánto mayor esfuerzo se necesitará para lograr el encuentro y la paz entre las personas y entre los pueblos «mejorados». Es necesario «entrenarse» mucho....

El fútbol puede y debe ser una escuela para la construcción de una «cultura del encuentro», que permita la paz y la armonía entre los pueblos. Y aquí viene en nuestra ayuda una segunda lección de la práctica deportiva: aprendamos lo que el «fair play» del fútbol puede enseñarnos. En el juego de equipo es necesario pensar en primer lugar en el bien del grupo, y no en sí mismos. Para ganar, es necesario superar el individualismo, el egoísmo, todas las formas de racismo, intolerancia e instrumentalización de la persona humana. No es sólo en el fútbol que ser «individualista» constituye un obstáculo para el buen resultado del equipo; porque, cuando en la vida somos «individualistas», ignorando a las personas que nos rodean, se daña a toda la sociedad.

La última lección del deporte proficua para la paz es el respeto debido entre adversarios. El secreto de la victoria, en el campo de juego, pero también en la vida, está en saber respetar a mi compañero de equipo, pero también a mi adversario. Nadie gana solo, ni en el campo de juego ni en la vida. Que nadie se aísle y se sienta excluido. ¡Atención! No a la segregación, no al racismo. Y, si es verdad que, al término de este Mundial, una sola selección nacional podrá elevar la copa como ganadora, es verdad también que aprendiendo las lecciones que el deporte nos enseña, todos saldremos de él ganadores, reforzando los vínculos que nos unen.


Queridos amigos, agradezco la oportunidad que se me ha dado de dirigiros estas palabras en este momento —de modo particular a la presidenta de Brasil, la señora Dilma Rousseff, a quien saludo— y prometo rezar a fin de que no falten las bendiciones celestiales para todos. Que esta Copa del mundo se pueda realizar con toda serenidad y tranquilidad, siempre en el respeto mutuo, en la solidaridad y en la fraternidad entre hombres y mujeres que se reconocen miembros de una única familia. ¡Gracias!

Un testimonio de vida.

San Juan Pablo II: un Papa deportista y un deportista Papa

gpii-pallone
Según algunas enseñanzas del Beato Juan Pablo II, la actividad deportiva es un instrumento educativo en las virtudes humanas. El deporte, desde su origen hasta la actualidad, ha sido entendido como un instrumento eficaz para la formación de la persona a través de las virtudes. El desarrollo técnico y económico del siglo anterior en el ámbito deportivo puede hacer que el deporte ayude a la persona a cultivar su personalidad. Una concepción instructiva del deporte hace que éste pueda llegar a ser un factor capaz de repercutir positivamente en la sociedad. Sucede lo contrario si se pierde de vista el primado de la persona sobre el deporte. Veremos cuál es la perspectiva del Papa Juan Pablo II respecto al valor formativo del deporte a través de algunos de sus escritos.
El Pontífice, que habla como cabeza de la Iglesia, no se desentiende de la práctica deportiva. Ésta es una actividad humana y como tal es practicada por muchos hombres en todo el mundo, entre ellos también los cristianos. Juan Pablo II tiene en cuenta esta realidad y por esto escribe las siguientes palabras a la gente que vive en torno al deporte: «La Iglesia, como señalé durante el Jubileo de los deportistas (29.X.2000), considera el deporte como un instrumento de educación cuando fomenta elevados ideales humanos y espirituales; cuando forma de manera integral a los jóvenes en valores como la lealtad, la perseverancia, la amistad, la solidaridad y la paz. El deporte, superando la diversidad de culturas e ideologías, es una ocasión idónea de diálogo y entendimiento entre los pueblos, para la construcción de la deseada civilización del amor».
El Papa considera el deporte un medio adecuado para la educación de la persona. En muchas ocasiones, el éxito deportivo se identifica con el resultado final de una competición, partido o carrera. La palabra “ganar” indica un resultado positivo después de haber realizado una acción humana. El Pontífice señala que la calidad del deporte está estrechamente ligada a los ideales humanos y espirituales, a la formación integral de la persona en las virtudes y a la búsqueda de una sociedad más perfecta fundada en el amor, una sociedad que se caracteriza por su justicia y por su solidaridad. Un deporte practicado según estos criterios es sinónimo de ganancia en el plano humano y espiritual de la persona. Un deporte con estos rasgos coloca la persona y la sociedad en el centro de la actividad deportiva realizada.
Las siguientes palabras del Pontífice advierten el lugar que debe ocupar el deporte en la vida de la persona para que sea educativo: «Sí, como muchos otros deportes, el fútbol puede educar al hombre. Naturalmente debe por esto conservar, en la vida personal, familiar, nacional, su sitio, que es relativo, para que no conduzca a olvidar los otros grandes problemas sociales o religiosos; ni tampoco los otros medios para exaltar los valores del cuerpo, del espíritu, del corazón, del alma sedienta del absoluto. El bien que Dios quiere para cada uno y para la sociedad se compone de un conjunto equilibrado» . Con esta intervención, Juan Pablo II sitúa la práctica deportiva en el lugar que le corresponde dentro de la escala de valores de la persona. El Pontífice invita a la gente que practica el deporte, a los seguidores incondicionales de los diferentes deportes y a los máximos organizadores y responsables del deporte a no absolutizar la práctica deportiva y a tener en cuenta otros valores más relevantes para la vida de mucha gente. El hombre no tiene que vivir solamente de la práctica deportiva, sino que hay aspectos de mayor importancia que debe considerar correctamente. El deporte visto y practicado como un fin para el hombre no educa la persona, mas bien la destruye porque absolutiza una dimensión relativa. El deporte entendido como un medio educativo para el hombre, al estar colocado en un lugar de relativa importancia en la vida del individuo, sirve para una formación equilibrada de la persona. La centralidad de la persona en las diferentes actividades terrenas, entre ellas la deportiva, es un argumento central de las enseñanzas del Papa.
Juan Pablo II sostiene que la función educativa del deporte es un componente básico que da trascendencia a la práctica deportiva. El ejercicio físico practicado con rectitud incide directamente en la formación humana y espiritual de la persona. Por este motivo, el Papa exhorta a los responsables del deporte: «De hecho, el fútbol, tan importante para enseñar a afrontar los grandes desafíos de la vida, sigue siendo un deporte. Es una forma de juego, simple y complejo a la vez, en el que la gente siente alegría por las extraordinarias posibilidades físicas, sociales y espirituales de la vida humana. Sería muy triste si un día se perdiera el espíritu del juego y el sentido de la alegría de la competición noble. Vosotros sois los guardianes del espíritu auténtico del juego» . Estas palabras también pueden aplicarse a cualquier otro tipo de ejercicio físico distinto del fútbol. La práctica deportiva debe ayudar al hombre a afrontar la propia vida. El deporte desempeña esta función social cuando ocupa un lugar relativo en la vida, no así cuando se le otorga una importancia desmesurada. El Papa quiere hacer partícipes a los máximos organizadores del deporte de su concepto del deporte, que tiene como punto basilar la formación humana y espiritual de la persona.
El Pontífice también exhorta a los educadores del deporte a ser responsables con su trabajo profesional. El Papa, gran aficionado a la práctica del esquí, dice a un grupo de profesores de este deporte: «Sois maestros de esquí, pero también maestros de vida. Os estarán especialmente agradecidas las generaciones jóvenes que, en la actual crisis de valores, tienen necesidad más que nunca de aprender no solamente habilidades técnicas, sino testimonios convincentes de una existencia rica de sentido e iluminada por la verdad y el amor» . Los profesores de educación física, los entrenadores de los diferentes deportes que se practican en todo el mundo y todas aquellas personas, que tienen una función de responsabilidad formativa con los jóvenes que realizan deporte, son llamados por el Pontífice a incidir positivamente en la educación de la gente joven. El Papa, conocedor de la crisis de valores de la actualidad, anima a los educadores a hacer del deporte un instrumento de formación personal, sobre todo, para las generaciones más jóvenes. El éxito de esta tarea reside en la vida de los propios educadores que debe ser ejemplar, y así puede incidir a la formación de los demás.
Pero, esta tarea también depende de los mismos deportistas. Juan Pablo II ha recibido muchos practicantes del deporte de alto rendimiento a lo largo de su pontificado. Este hecho manifiesta la preocupación del Pontífice por esta actividad humana. En la recepción de un conjunto italiano de fútbol, da un mensaje claro a los componentes del equipo. Les comenta: «Un equipo no es solamente fruto de calidad y prestaciones físicas; sino que es el resultado de una rica serie de virtudes humanas, de las cuales especialmente depende su éxito: el entendimiento, la colaboración, la capacidad de amistad y diálogo; en una palabra, los valores del espíritu, sin los cuales el equipo no existe y no tiene eficacia. Os animo a estar vigilantes para que tales virtudes, que os caracterizan, no sean nunca olvidadas» . El Papa atribuye una función esencial a las virtudes humanas en el ámbito deportivo. De ellas depende tanto la existencia como la eficacia de un equipo, y por tanto, la educación de los diferentes individuos que están de una manera u otra en relación con una asociación deportiva.
El Papa concreta todavía más cuáles deben ser los puntos fundamentales para poner por obra una práctica deportiva que tenga el desarrollo de la persona en el centro. En otro encuentro con futbolistas, Juan Pablo II indica qué valores debe promover el deporte para que sea formativo: «Todo tipo de deporte lleva consigo un rico patrimonio de valores, que se debe tener presente siempre, para ser realizados: el entrenamiento a la reflexión, el uso justo de las propias energías, la educación de la voluntad, el control de la sensibilidad, la preparación metódica, la perseverancia, la resistencia, el soportar la fatiga y las contradicciones, el dominio de las propias facultades, la fidelidad a las tareas, la generosidad hacia los vencidos, la serenidad en la derrota, la paciencia con todos...: son un complejo de realidades morales que exigen una verdadera ascética y contribuyen válidamente a formar el hombre y el cristiano» . Las virtudes morales son hábitos operativos buenos que se consiguen con la repetición de actos. El carácter práctico de la educación física  hace que el deporte sea un instrumento preciso para la formación de la persona a través de las virtudes. El deporte es un medio óptimo para formar al hombre. Las virtudes que exige la práctica deportiva hacen que esta actividad sea un medio de formación personal. El deporte, practicado como escuela de virtudes, perfecciona a la persona y eleva la misma práctica deportiva.
Un deporte de estas características acerca al cristiano a su modelo a seguir: Cristo. La sequela Christi es una premisa fundamental que el cristiano debe fomentar en su vida para lograr la perfección. El Evangelio nos enseña la manera de seguir a Cristo con fidelidad. En otro texto dirigido a un grupo de jóvenes practicantes del deporte, el Papa expone la relación existente entre un deporte realizado con rectitud, que sitúa la persona en el centro de la actividad, y el mensaje cristiano que nos enseña el Evangelio: «Vosotros sabéis bien con qué interés el Papa sigue vuestras actividades deportivas y con cuanta satisfacción observa vuestros espectáculos deportivos, en los cuales manifestáis no comunes dotes de fortaleza, de disciplina y de audacia, de las cuales el Señor os ha adornado. Vuestro Presidente ha hablado ahora sobre vuestro entrenamiento hacia la lealtad, el autocontrol, el ánimo, la generosidad, la cooperación y la fraternidad: ahora bien, ¿no son éstas, entre otras finalidades, hacia las cuales la Iglesia mira para la educación y promoción de la juventud? ¿No son éstas las instancias y las exigencias más profundas del mensaje evangélico?» .
Por José María Quintana Domínguez

¡Ey pilas, los futbolistas también oran!





lunes, 4 de abril de 2016

Oribe Peralta, Su fe en Dios y en la Iglesia

 Ahí les va...
Oribe Peralta un jugador que en la cancha y fuera de ella, vive y testimonia su fe.

Este Blogger está dirigido a todas los jóvenes que se inquietan por el fútbol y que a su vez profesan la fe Católica; para que descubran, por medio de este blog curiosidades y reflexiones sobre lo que es la verdadera competencia, y aquello por lo que realmente se debe competir; la salvación eterna. Esperamos lo disfruten.

En Beijing tras el oro; en la vida por la corona incorruptible

En Beijing tras el oro; en la vida por la corona incorruptible

Los atletas olímpicos buscan oro, plata y bronce; los atletas de Cristo vamos por la Justicia, la gloria, y la vida.
Los premios olímpicos en Beijing 
En los actuales juegos olímpicos, que se realizan en Beijing se premiarán a los atletas con las típicas medallas de oro, plata y bronce, las cuales tendrán una dimensión de setenta milímetro de diámetro y seis de espesor, en una de sus caras lucirá el simbólico logo de los juegos olímpicos rodeado de jade y en su revés se muestra la imagen de la diosa griega de la victoria y la del estadio panateneico. Las cintas con las que se colgarán las medallas los atletas campeones serán de color rojo como señal de fiesta y alegría. Los certificados serán fabricados con seda y papel arroz y serán impresos son las modernas técnicas de impresión digital. Los valores de la victoria, la fiesta y la alegría, tienen en el pensamiento Paulino de la premiación al atleta de Cristo y significado trascendental si se compara con la actual simbología del premio olímpico de Beijing.

El premio para los atletas de Dios
Así como en los antiguos juegos olímpicos, los atletas, al decir de San Pablo se abstienen de todo por una corona fabricada de hojas que se corrompen y luego se marchitan; los deportistas olímpicos contemporáneos hacen todo cuanto les sea posible para alcanzar unas medallas de oro, plata o bronce y ser ubicados en la plataforma de los campeones y en la lista de los campeones. San Pablo compara el esfuerzo y la abstinencia de estos deportistas igual al autocontrol y edificación de la vida espiritual del cristiano, al cual no se le premiará con una corona que se marchita, sino con una corona incorruptible.
En este artículo nos referiremos a las distintas coronas que en sus distintas cartas el apóstol ilustra para anunciar el premio que como atletas de Dios, recibiremos los fieles cristianos.

La corona de Justicia
La corona de Justicia se le otorgará a quienes han dedicado toda su vida al Señor Jesús, y han producido grandes obras en su Reino. Al respecto escribe San Pablo: he peleado hasta el fin el buen combate, conclu
í mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación (Cf. 2 Tim. 4, 7-8). El cristiano, debe ver e imitar a San Pablo como el gran púgil que pelea hasta el fin el buen combate, o como un atleta que corre la carrera sin perder la fe en la meta y la concluye. El deportista cristiano conjuga la espiritualidad cristiana con la deportiva.

La corona de la vida
En la Carta a Santiago, el apóstol de los gentiles, declara la siguiente bienaventuranza: Bienaventurado el var
ón que sufre la tentación; porque cuando fuere probado, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. (Cf. St. 1, 12).
En esta bienaventuranza, la clave de la felicidad consiste en amar a Dios y en virtud de este amor, se sostiene en los distintos obstáculos que encuentra durante la prueba de la vida, y en consecuencia recibirá la corona de la vida. (Ver también Ap. 2, 10b).

La corona de Júbilo
El que gana es el que goza, gritan los aficionados de un equipo de fútbol suramericano cuando celebran jubilosos la victoria de su equipo, en efecto así como el deportista gana y celebra, el gozo del atleta de Dios según San Pablo es la conquista de fieles para el Señor: En 1 Tes. 2, 19 escribe San Pablo:
Pues ¿Cuál es nuestra esperanza, nuestro gozo, la corona de la que nos sentiremos orgullosos, ante nuestro Señor Jesús en su Venida, sino vosotros?. Si, vosotros sois nuestra gloria y nuestro gozo

La corona incorruptible 
Se concede a los que mediante una ascesis o entrenamiento corporal y espiritual, alcanzan a controlar el propio cuerpo, a similitud de los atletas que se privan de todo, también los creyentes se privan, practican la continencia de todo aquello que le desvía de su práctica de las virtudes cristianas., 1 Co. 9, 24-27. Estos son los creyentes que son disciplinados, fieles, dignos de confianza, y auto-motivados. Esta misma corona también es mencionada en (1 Pe 5, 4)
Y cuando aparezca el Mayoral, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

El premio del deportista cristiano
El atleta cristiano practica el deporte con el espíritu deportivo enfocado hacia la conquista del premio, sabe que las medallas de oro, plata y bronce contienen un gran significado del esfuerzo por haber logrado la victoria deportiva; no obstante reconoce que como un atleta de Dios, lucha, corre, nada, salta, combate para alcanzar la Gloria de Dios, y con ella una corona que no es susceptible de corrupción, y por el contrario le conduce cada vez mas a la Excelencia, la perfección, la Santidad.

Deporte y vida cristiana, Profesor Tomás Bolaño